No se trata de algo que me haya inventado yo. Will Eisner ya lo menciona en las primeras páginas de
“El Cómic y el Arte Secuencial” y nos lo recuerda en
“La Narración Gráfica”:
La forma en la que se presenta el texto en un cómic influye en cómo el mensaje es recibido por el lector.
Lo que se da en llamar “rotulado” es en el cómic un elemento gráfico más, que “funciona como extensión de la imagen”. No digo nada nuevo si os cuento que en un buen cómic el texto y la imagen deben convivir tranquilamente en lugar de estar peleándose por el protagonismo. En el libro de Eisner también se dice que “el rotulado refleja la naturaleza y emoción del que habla (y) suele ser tan sintomático de la personalidad del propio dibujante como del personaje que habla”.
Pues estas cositas, que parecen tan simples y con las que toda persona con criterio debería estar de acuerdo, no terminan de cuajar, no sé bien por qué, tanto en el gremio de los dibujantes como en el de los editores. Para que veáis a qué me refiero me gustaría que comparáseis la tipografía que usa Lewis Trondheim en sus
originales en francés y la que se le pone aquí en España a la serie Lapinot (no he encontrado por la red imágenes de la traducción española, pero si la habéis leído sabréis a qué me refiero, el original utiliza un estilo de letra que parece estar dibujado igual que los personajes, mientras que en español el tipo es muchísimo más sobrio y estático). No me imagino qué pasaba por la cabeza del rotulista español para hacerle creer que los textos que él ponía eran mejores que los que estaba sustituyendo. O mejor dicho, sí que me lo imagino. Habrá visto los originales y habrá pensado: “Vaya mierda. Mira cómo están estas letras, todas torcidas. ¿Qué clase de inútil lo habrá escrito? Estos franceses… menos mal que estoy yo aquí para arreglar este estropicio.” Y lo mismo habrá dicho el editor, que con su gran sabiduría habrá elogiado las "mejoras" del rotulista.
¿Acaso un editor puede eliminar por el morro una viñeta de un cómic?¿O cambiarle la cara a un personaje?¿Puede decidir un editor español que Corto Maltés debe sustituir su gorra por un cucurucho? La respuesta es NO. Pero resulta que lo que sí que puede hacer es cambiarle “la voz” a todo el mundo y convertirla en un murmullo monocorde. ¿Permitiríamos que en una película Verónica Forqué sustituyese el sonido que brota de la boca de Robert de Niro? Es impensable, pero eso es lo que se hace con los cómics que publican según qué editoriales en este país.
En
“Los lenguajes del cómic” de Daniele Barbieri se muestra un ejemplo de los diferentes insultos tipográficos que ha sufrido el
“Mort Cinder” de Breccia. Podemos ver cómo cada editor ve en esa intervención una posibilidad de desarrollar su propia creatividad, permitiéndose unos juicios estéticos (¿o anti-estéticos?) que desde luego no deberían concedérsele.
Pero no toda la reprimenda se dirige a los editores y rotulistas. Muchos son los autores que también comparten ese descuido por la palabra en el cómic. Muchos dibujantes gastan horas en terminar las páginas y apenas se ocupan de cómo se integrarán los textos en esa imagen, como si no se tratase de su trabajo. Recuerdo por ejemplo las páginas de Carlos Nine, dibujante excelente, tratadas con un grafismo impetuoso y una textura durísima. Encima de esa tremenda trama orgánica aparece con un protagonismo enormemente inadecuado un cuadro de texto del todo blanco, de bordes cortantes, sobre el que se lee un texto de letra menuda escrita con tipografía ordenada. Del mismo modo que (saliéndonos un poco del tema) interfieren en la lectura los bordes durísimos de las viñetas, que nada tienen que ver con lo que vemos dentro de ellas. Los textos ESTÁN en la página, y muchos dibujantes parecen querer olvidarlo. Miguelanxo Prado ha demostrado una preocupación por este problema, optando por una solución que consigue incorporar la palabra como un elemento más de la imagen. Dave McKean o Ashley Wood son otro ejemplo de voluntad de integración, aunque no siempre logren sus objetivos.
A pesar de que el cómic es un medio en el que principalmente “se dibuja”, muchos profesionales consideran que hay elementos que quedan fuera de esta necesidad. Recuerdo los cómics que leía cuando era un crío. Muchos habían optado por incorporar un estilo de tipografía completamente devastadora que tenía el aspecto de los tipos de una máquina de escribir. Jamás pude soportar la tremenda contradicción que suponían las redondeces de Obelix y la rigidez de su “voz”. Un efecto parecido podemos ver en la actualidad con las tipografías infográficas que no siempre se emplean con buen criterio. El dibujo de la mano humana reacciona extrañamente ante las líneas de la máquina.
Es verdad que hay muchos ejemplos de tipografía bien empleada: la edición española de
“Mis circunstancias” de Lewis Trondheim, publicada por Astiberri, que respeta fielmente el original; las obras de Carlos Giménez; los mencionados Prado y McKean…por decir algunos ejemplos, pero aún así creo que queda mucho por hacer.
El cómic quiere ser el punto de encuentro entre la palabra y la imagen. Así se lo define en cientos de sitios y esa parece ser parte de su personalidad como medio (si bien es cierto que se puede prescindir de la palabra, no es menos cierto que casi siempre la incorpora). Pero los esfuerzos para mejorar esa conjunción suelen ser insuficientes y es el campo del diseño donde más se investiga sobre este tema (y con ello, donde se consiguen mejores resultados).
Tengo la intención de abundar en este tema en futuros posts, pero creo que por ahora es suficiente. Ahora es vuestro turno de ampliar y corregir mis divagaciones. Realmente creo que este tema puede dar lugar no solo a un extenso debate, sino que puede inspirar a los creadores a reflexionar sobre los resortes de su oficio.
Si eres dibujante de cómic coméntanos qué papel desempeñan las palabras en tu obra (o incluso mándanos una muestra que lo ejemplifique), si eres editor, respeta el concepto original del autor también en el texto, y si no eres ni una cosa ni otra, pues simplemente expresa tu opinión.